viernes, 8 de agosto de 2008

Cactus

Una soleada mañana del mes de octubre, como la luz entraba con rotundidad de buen tiempo me animé a componer. Una tela para un fondo que ceda todo el protagonismo, un diminuto taburete de madera encontrado en algún mercadillo, un pequeño paño que quedo suelto de la inconclusa colcha de ganchillo que dejo la abuela. Aquella olla de barro que no aguanto el calor del fuego y se abrió en fisura en el primer guiso con trébede.
Llena de tierra puse aquel manojo de espinas que me había regalado el albañil que además era alcalde. Desde su tranquilidad nunca asomaba como tal, desde su buen humor siempre en ropa de trabajo sin preocupación aparente por terminar la obra.
El y su compañero sin prisa pero sin pausa. De esa manera creció sorprendiéndome dos años después de ponerlo allí.
Ahora hace dos que no lo veo, ni siquiera se si sigue en su olla, tan solo sé que se multiplicó.

Grabado a fuego en el momento en que tímidamente empezaba a jugar al juego de aprender coloreando.
Casi quedarme corto en viveza y colorido para no recargar, descubrir el lápiz graso y empezar a desvelar secretos menores que fueron creciendo.
Ahora, en paradero conocido no por cotidiano es menos especial.

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